En un mundo donde todo parece tener un precio, hay regalos que no se pueden comprar: el amor de Dios, la paz en el alma y la fuerza que nos da la fe. “Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar” nos recuerda que la dicha de tener a Dios en el corazón debe impulsarnos a servir sin egoísmo, sin buscar reconocimiento, sabiendo que hay una recompensa eterna que compartiremos con quienes amamos. Esa es la esencia del verdadero servicio cristiano: dar desde el corazón, sin esperar aplausos, sabiendo que cada acto de amor es sembrado en el cielo. Cuando tienes a Dios en tu corazón, sientes una alegría tan profunda que no puedes quedártela solo para ti. Sirves no por obligación, sino porque arde dentro de ti la llama del amor divino. Y mientras el mundo busca méritos en likes o trofeos, tú acumulas tesoros eternos, invitando con tu vida a los que amas a compartir el mismo premio: una eternidad junto al Padre. Pero también es justo y digno recibir una paga por aquello en lo que nos hemos preparado, por los talentos que hemos cultivado con esfuerzo, estudio y dedicación. Servir a Dios con generosidad no significa negar el valor de lo que hacemos con excelencia. Dar desde el corazón no está reñido con recibir justamente por nuestro trabajo